domingo, 1 de febrero de 2009

Cuento para no dormir (basado en hechos reales)

La verdad es que da gusto ir a clase y escuchar un cuento, independientemente de que el final sea tan triste (aunque aparentemente no lo parezca) como lo es éste. El cuento habla de una (gran) familia española durante, no recuerdo con exactitud, finales de los 80/principos de los 90. Es la historia de un papá de nombre Felipe (la valoración de si era o no era "el hermoso" la dejo a gusto del lector o, según qué caso, de su padre) cuya casa estaba prácticamente destruida. En pleno auge de ilusión por reconstruir esta casa, se puso manos a la obra. La obsoleta y casi derruida casa, pese a la necesaria remodelación que este papá llevó a cabo, acabó siendo una casa bastante adaptada a los tiempos que corrían, aunque fue más bien la fachada lo que se llevó la remodelación tan esperada. El caso es que el tan bienhechor papá decidió que sus hijos debían formarse también en el extranjero -no cuestionaré si su motivación apuntaba más hacia el bienestar del hijo o al de la comunidad de acogida-, por lo que mandó a uno de sus hijos con mayores espectativas de futuro-de nombre Telefónica- a la tierra que uno de sus tatara...abuelos -de nombre de detergente en polvo- había inventado (ya que todo el mundo sabe que dichas tierras no existían antes de su llegada). Perdonar que mi memoria no me permita recordar exactamente si la había inventado o descubierto pero el uso que ha hecho la Historia (esa gran matriarca) de ambos términos ha sido, en la práctica, equiparable.

Pues bien, la "pequeña" Telefónica disfrutó y aprendió mucho en estas tierras, de modo que decidió compaginar su vida allá con su vida en su nueva casa. El problema es que era realmente ambiciosa y algo tiránica, por lo que los habitantes de aquellas tierras la acogieron sin opción real de decidir. Pero la acogieron.

La pequeña se hizo mayor de edad en estas tierras y con esta autonomía comenzó a exigirle a su atento papaito un margen de actuación que, de grande que se hizo, acabó haciéndola olvidarlo y olvidar a todos los que le sucedieron en la remodelación (ahora sí que sí) de la fachada de aquella casa que la había visto nacer. Aunque olvidar, lo que se dice olvidar, sólo olvidó la autoridad que éste representaba; ahora sólo estaba interesada en la paga, el aguinaldo y de más ratoncitos Pérez.

Y cuenta la leyenda que, desde entonces, nadie más pudo -ni a éste ni al otro lado del océano- poner orden en los caprichosos deseos de la joven emancipada.La moraleja la dejo a elección vuestra.

Publicado por Pablo