viernes, 9 de enero de 2009

IL Divo o la mejor tradición del cine socio-político italiano

“- Decían que usted y Alcide De Gasperi eran iguales. Pero no era verdad. De Gasperi hablaba con Dios y usted lo hace con los sacerdotes.
-Dios no vota padre; los sacerdotes sí”
“Si hay algo importante que un hombre deba mantener en secreto, debe hacerlo hasta el extremo de guardarse el secreto si pudiese hasta de él mismo.”
(Giulio Andreotti; según la composición del actor Toni Serville).
Con el film “IL Divo” dirigida magistralmente por Paolo Sorrentino e interpretada por un Toni Servillo en estado de gracia como actor en la piel del expresidente del gobierno italiano Giulio Andreotti; y junto con la ya estrenada “Romanzo Criminale” y Gomorra” (donde también interviene Servillo) cierran lo que yo he definido como la trilogía del callejón de las miserias de Italia.
Giulio Andreotti cumplirá noventa años en 2009. Es parte viva de las cenizas de la Primera República y senador vitalicio en la Italia actual. Ha sido varias veces presidente del gobierno y junto con Aldo Moro, Ciriaco de Mita, Francesco Cossiga y Amintore Fanfani dirigió los designios de la Democracia Cristiana y por extensión la vida de los italianos durante varias décadas. Es en definitiva un personaje clave en la historia de Italia tras 1946 y hasta principio de los noventa del siglo pasado.
Paolo Sorrentino utiliza la visión ácida, inmisericorde y grotescamente humorística para enfocar bajo su cámara al personaje de Andreotti y a su vez servir de Caballo de Troya con el que atacar a la clase política de la Primera República que a través de la Democracia Cristiana como fuerza mayoritaria aglutinadora de la derecha del país guió el destino de los italianos durante casi cuarenta años ininterrumpidos en los que episodios como “Tangentopoli”, los acuerdos con la Mafia y Camorra para garantizar la hegemonía política de la DCI en el Mezzogiorno o los asesinatos, algunos claramente políticos de “cadáveres excelentes” como se les llama en Italia por su importancia nacional y social; de personalidades como el expresidentes de gobierno y “colega y amigo” de Andreotti en la Democracia Cristiana Aldo Moro en 1978 por las Brigadas Rojas, el asesinato del periodista Mino Pecorelli en 1979, el del presidente regional de Sicilia Piersanti Matarella en 1980, el general de Carabineros y prefecto de Sicilia Carlo Alberto Dalla Chiesa en 1982 o el juez Giovanni Falcone en 1992 son sólo algunas de las venas vitales llenas de podredumbre y miseria moral y personal con las que se construyó la historia de Italia a partir de 1946 por sus dirigentes políticos; y que por su condición de director Sorrentino los muestra al espectador como monstruos embutidos de respetabilidad que llevados por unos torrentes de codicia y anhelos de poder primitivos y sin límite alguno llegaron a establecer pactos escandalosos e ilegales; e instigaron y pusieron en marcha actos violentos de marcado carácter fascista en favor de la “Italia Respetable” que deseaban fervientemente y en las que inevitablemente cree ver Sorrentino que en todos los asesinados y hechos anteriormente mencionados de una manera u otra está detrás en todos la firma de Giulio Andreotti según sus apetencias y motivaciones en cada momento y caso.
Servillo a su vez aprovecha la conciencia presuntamente diabólica de su personaje y los hechos narrados anteriormente narrados en los que está implicado de alguna u otra manera Giulio Andreotti para renacer en él de manera amoral y retorcidamente seductora para el espectador que contempla atónito la perspectiva vital con la que Andreotti (maliciosa y extremadamente caricaturesco en el físico de Servillo) afronta los grandes acontecimientos de su país a nivel de político y las trivialidades de su vida personal como esposo y padre (rasgo del que apenas tenemos constancia en toda la película).
Asistimos a un Andreotti impasible al que nada le inmuta, como en aquellas escenas en las que rodeado de policías por todas partes como miembros de su escolta se dedica a da vueltas nocturnas por Roma en las que apenas se para a leer pintadas insultantes hacia su figura como político pero que sin embargo es capaz de decirle todo al espectador sobre su personalidad con sus gestos (muy atentos a las explicaciones de su secretaria sobre cómo usa sus manos para expresar sus pensamientos o la escena en la que para de andar y ante sus atónitos escoltas se lleva los puños cerrados a la cintura imitando la clásica pose de Mussolini para luego volver a andar encorvado como siempre). Un Andreotti que nunca anda rápido a ningún sitio como si nada fuera merecedor de su preocupación o de generarle inquietud y que sus momentos más humanos son aquellos en los que al sentirse atacado tiene que “demostrar” a los italianos que volverá a vencer a sus “enemigos de siempre” y por extensión; “de Italia” en contraposición a la pena y el hastío vital al que acaba llevando a las pocas personas que de verdad sienten aprecio por él como su secretaría (ver la escena del llanto en el autobús al prescindir de sus servicios) o su esposa (ver escena en la que asiste dolida y triste a las acusaciones contra su marido en televisión mientras que éste muestra una preocupante falta de empatía con ella y una distante y arrogante mirada frente a lo dicho de él).
Su momento cumbre en la pantalla es cuando en un momento sincopado en el que no sabemos con quién habla Giulio Andreotti (¿a él mismo?, ¿a un espejo?, ¿al espectador?); éste lanza una preocupante y elaborada diatriba sobre cómo entiende que se debe de dirigir una democracia por su gobierno y cómo ha de actuar el gobierno para proteger la democracia. Su grupo de colaboradores más estrechos son más próximos a una cuadrilla de vulgares delincuentes que a políticos a la altura de sus responsabilidades públicas (ver el mercadeo de corruptelas y favores varios en el que convierten la elección de Presidente de la República de 1992 para que fuese elegido Giulio Andreotti). Su vida que crece como político por sus responsabilidades crece también como presunto delincuente por los acuerdos y favores a los que llega con distintos elementos mafiosos.
Y al mismo tiempo muestra signos obsesivos (como cuando en el Palazzo del Quirinale entra en un duelo de miradas con un gato ante la desconcertante posición de la Guardia Republicana que custodia la sala) cargado de frivolidades (como en la escena en la que le confiesa al expresidente de la República Francesco Cossiga y también muy manchado por escándalos varios, su debilidad carnal por una hermana de Vittorio Gassman) y sin embargo con un solo fantasma que sea capaz de quebrantar su casi inexpugnable personalidad: Aldo Moro.
Moro es para Andreotti la mácula en su impoluta carrera política. Cree que por no haber querido negociar con las Brigadas Rojas (grupo terrorista de extrema-izquierda que secuestró y asesinó a Aldo Moro) no es culpable de nada sino de ser duro contra los enemigos del estado cuando obvia deliberadamente cómo detrás de la no negociación con los terroristas estaba una clara motivación personal basada en las discrepancias políticas y personales entre Cossiga, Moro y él).
Una película en definitiva que da para hablar mucho y profundamente sobre política italiana y que merecería un visionado por todos aquellos que además quieran pasar un buen rato en el cine en estas vacaciones navideñas.


Pensado por Jaime Blanco el Sabado, 3 de Enero de 2009